Para taladrar el silencio.

Hace falta una ventosa

una fracción de lágrima en adelanto

un abrigo de alcoholes

que pueda laminar en su olvido

todas las clasificaciones del cariño.

 

Para taladrar este silencio terco

gritándome en espejos de sal,

hace falta tu risa centrífuga,

dejándome este Nosotros

que generalmente resbala.

 

Para taladrar el silencio

del inoxidable cosmos,

hace falta fundir una estrella

en los ojos de un niño

que pide respuestas.


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