Arrodillada en el fondo del mar,
el ancla suplicaba al barco:
“Perdóname, no sé qué hice
pero no lo vuelvo a hacer”.
Cuando levaban el ancla,
ésta era toda agradecimiento
y se quedaba quietecita,
pensando en qué falta suya
pudo ser la causa de su castigo.
Luego volvían a echarla al fondo
y con el chirrido de su cadena se lamentaba
por ser tan tonta e incapaz de portarse bien,
a pesar de tantas oportunidades que le daban.
Cuando se hizo vieja, la pusieron a decorar una cafetería.
Ahí me la encontré
y seguía pidiendo perdón.
Advertisement