I
Te recuerdo durante los espejos,
con tu boca estallando simpatía;
plena de piernas
y sombra deshilachada;
hembra de lumbre
con hambre de hombre.
También te recuerdo vengativa
de tu propia herida;
y por ese brillo en tus ojos,
agradecí la maldad bendita
de tu villano.
Nos recuerdo sin paracaídas:
ángeles abrasados
que bajaron a la cantina,
para gastar sus últimas plumas
en un par de tequilas.
II
Rompíamos la piel
sobre la piedra del agótame:
arriba, el pecho molido de tibieza;
y un sexo electrolítico, ternuras abajo.
Filtrábamos un sudor de jazmín
en el tamiz de la reja,
maniatados sobre huecos,
con las entrañas temblando.
A la espera de la fundición,
arrimabas tu latido,
abrazándome al hurgar
el dolor de mis estrellas.
Yo nadaba hacia tu río,
mientras tanto en mi agonía,
como vuela un ave
solitaria hacia su nido.
III
Otras veces te acercabas
macerando falda y alfombra,
sollozando botones
entre óxidos de motel.
Te acercabas despanzurrando el día
incesante de corderos,
para cicatrizar la persiana
con el guardapolvo del tiempo.
Te acercabas cuando precipicio y corazón tenían
su guerra de perilla y chapa.
Entonces, al anclar de tu suave quilla,
reciclando tu audacia en la crisálida de la noche,
un relámpago de sábana corría un párpado del cielo,
la órbita de mi abrazo espesándose rota de hielo.
Ser camisa de cojín pedían las medias,
trepando remotamente
las propiedades del reloj,
cobrando su porcentaje de medusas.
En tu mano miré una tormenta
y el pedazo de soledad por venir,
después de ésta fulgurante
primavera de la carne.
Había libélulas en tu boca,
y una lejanía de rieles,
donde trenes y sombrero
acurrucaban los sonidos
hacia la playa de la medianoche.
Eras arena bajo mi oleaje
de vértebras derramadas,
hasta dejar nuestra jaula
vacía de libertades.
Llovían los misterios
y entre ternuras callábamos
algunas palabras húmedas,
para pulir un olvido adecuado.
IV
Te quise durante tres fugaces años,
en departamentos, ciudades, calzadas;
espiando enrejadas mansiones,
en taxis a la madrugada.
Te quise con cigarrillos y tazas de café;
con la charla de los pájaros al amanecer.
Desde el principio al final,
te quise con una muerte tragicómica,
porque ya lo sabíamos de antemano: amar es morir.
Y ahora somos dos fantasmas,
que en ésos cuartuchos,
en aquéllas cafeterías,
quedaron abrazados
en una nube de humo.
V
¿Quién se quedó con nuestro amor?
No fue para ti,
tampoco para mí.
Fue quizá para el ángel que nos cubrió con sus alas.
Tú y yo liberamos a ésa ave.
Ahora su jaula vacía
comienza a cantar.