Hace muchos siglos, un legendario escultor logró crear la más perfecta escultura representando a la Belleza, así con mayúsculas. Esta pieza tuvo diversos propietarios a través de las centurias; y fué además robada en incontables ocasiones, sólo para reaparecer misteriosamente en nuevos museos o colecciones privadas.
Hombres poderosos sacrificaron vidas humanas, a fin de acariciar con sus codiciosas manos aquélla obra de arte única, que había logrado alcanzar la aspiración estética universal.
Al paso de los milenios y las tantísimas manos que tocaron la escultura de todas las formas, humanas e inhumanas posibles, dicha figura fue perdiendo la definición de su volumen y contornos, hasta quedar convertida en apenas algo más que una bola de piedra con protuberancias informes. En ese bulto pétreo consiste ahora la “Belleza”.