En cada atardecer de mis ciudades
salgo a pasear desaliñado:
camisa de lluvia,
paloma rota orilla en la frente,
fabrico mi cabeza
con un abrigo de poliéster.
Salgo de pantalones ciegos,
salgo necesidad barracuda, antílope,
salgo a cortar mi felicidad en canciones,
mientras el tiempo-deseo
y su nada-ángulo sujetan
la rotura del cariño.
Veo casas derrumbarse sobre sus familias,
veo gente cargando su ataúd
a toda prisa,
a todas partes.
Tribus arrinconadas en mesas
migran en balsas de la inundación.
Hombres y mujeres refugiados en los templos
húyen del fuego en su interior.
Yo traigo una nube de cenizas,
una grieta en la suela del zapato.
Yo nunca estoy aquí
porque algo me habla
con una voz detrás del ritmo de las cosas.
Los automóviles circulan en estampida,
el cielo azul claro iluminado,
mediodía de sábado
y epidemia de sonrisas.
Yo cortejo a una palmera por rutina,
a mi más bien me gustan
las mujeres telúricas,
huracanadas que devasten mi alma
dejándome a solas con el amor.